Lote económico de compra
Tus datos
El coste de mantener una unidad es el que la gente se deja. No es solo el almacén: es el dinero inmovilizado en el inventario, que estaría rindiendo en otra parte.
Resultados
El lote que menos cuesta al año
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| Cuánto te cuesta eso en un año | — |
| De eso, la parte gastada en hacer pedidos | — |
| Y la parte gastada en mantener inventario | — |
| Pedidos que harías en un año | — |
| Días entre un pedido y el siguiente | — |
| Cuánto costaría tu lote en su lugar | — |
Cuánto cuesta equivocarse de lote
| Fracción del mejor lote | Unidades | Coste de más en el año |
|---|
Lee esa tabla antes de fiarte demasiado del número grande. Pedir una décima parte fuera del mejor lote cuesta alrededor de medio por ciento más en todo el año. Estar un treinta por ciento fuera cuesta un tres y medio por ciento. Hay que pedir el doble, o la mitad, para que la cuenta suba un cuarto, y esos dos errores cuestan exactamente lo mismo.
Esa penalización no depende de nada más que la razón entre tu lote y el mejor. Le da igual cuánto uses, cuánto te cueste un pedido o cuánto cueste mantener una unidad: dos empresas sin nada en común, ambas pidiendo un treinta por ciento por encima de su propio mejor lote, pagan el mismo tres y medio por ciento. Comprobado contra veinte mil conjuntos inventados de cifras.
Una cosa sí da por supuesta el método, y conviene decirla en voz alta: que la demanda es constante y conocida, que el precio por unidad no baja si compras más, y que el inventario llega cuando debe. Cuando el proveedor da descuento por un lote mayor, la respuesta de aquí es solo el punto de partida.
¿Cuánto cuesta equivocarse con el tamaño del lote?
Mucho menos de lo que sugiere la precisión de la fórmula, y esa es la parte útil. Pedir un diez por ciento fuera del mejor lote cuesta alrededor de medio por ciento más en todo el año. Un treinta por ciento fuera cuesta un tres y medio por ciento.
Tienes que pedir el doble del mejor lote, o la mitad, para que la cuenta suba un cuarto. Y esos dos errores cuestan exactamente lo mismo, porque la penalización depende de la razón y no del sentido.
¿Entonces vale la pena perseguir el número exacto?
Normalmente no. Como la curva es casi plana abajo, redondear a lo que el proveedor vende, a lo que cabe en un palé o a lo que llena un camión te cuesta casi nada frente a la respuesta exacta, y ahorra bastante trabajo.
El número se lee mejor como el centro de una franja cómoda que como un objetivo. Conocer la franja es lo que cambia decisiones; conocer el decimal no.
¿La penalización depende de mis propias cifras?
No, y esa es la parte sorprendente. El coste extra depende únicamente de la razón entre el lote que pides y el mejor. Dos empresas sin nada en común, cada una pidiendo un treinta por ciento por encima de su propio mejor lote, pagan el mismo tres y medio por ciento.
Su fórmula es la mitad de la razón más su inversa, y se comprobó aquí contra veinte mil conjuntos inventados de demanda, coste de pedido y coste de mantener. La mayor discrepancia quedó en la decimoquinta cifra decimal, que es ruido de coma flotante y no aritmética.
¿Qué da por supuesto el método sin decirlo?
Que la demanda es constante y conocida de antemano, que el precio por unidad es el mismo compres lo que compres, y que las entregas llegan cuando deben. La vida real tuerce las tres.
La que más se tuerce es el precio. Cuando el proveedor descuenta por un lote mayor, la respuesta de aquí es el punto de partida de la comparación y no su final: calcularías el total en el mejor lote, luego en cada tramo de descuento, y te quedarías con el más barato.
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